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Monday, February 27, 2012

Malvinas: De como Thatcher y Reagan (casi) se pelean

El New York Times publica hoy en su página editorial un artículo escrito por Richard Aldous, un historiador que describe la difícil relación que -según él- sostuvieron el Presidente Reagan y la Primera Ministra Thatcher durante la guerra de las Malvinas. Aquí, los pasajes más interesantes:
Con amigos como estos
Por RICHARD ALDOUS
Se acerca el 30 aniversario de la guerra de las Islas Malvinas y la tensión aumenta otra vez: Gran Bretaña envía a la zona al destructor Dauntless y al príncipe Guillermo, segundo en la línea al trono, lo que hace que la Argentina se queje de la "militarización" que lleva a cabo el "conquistador".
La respuesta estadounidense ha sido decididamente neutral, alentando "a ambas partes a resolver sus diferencias mediante el diálogo" -un sentimiento que recuerda a la crisis de 1982, cuando Estados Unidos hizo todo lo posible para evitar la guerra y tener que elegir entre aliados clave.
Hoy recordamos las cosas de un modo diferente: el conflicto es a menudo citado como un punto culminante del "especial" vínculo entre el presidente Ronald Reagan y Margaret Thatcher, la primera ministra británica. Y, sin embargo la respuesta de Estados Unidos en ese momento, y su examen posterior, son ejemplos de lo complejo e incluso quebradizo que la relación era en realidad.
Cuando Reagan asumió la presidencia en enero de 1981, Thatcher ya había estado en el poder durante más de un año y medio. Se proclamaron a sí mismos almas gemelas conservadoras. "Sus problemas serán nuestros problemas", le dijo ella en su primera reunión en Washington, "y cuando usted necesite amigos vamos a estar ahí." Después James S. Brady, el secretario de prensa de la Casa Blanca, bromeó que "se necesitaría una palanca para separarlos".
Durante la guerra de las Malvinas, sin embargo, pareció que Thatcher usaría la palanca para atacar al presidente.
La mayoría de los estadounidenses nunca entendió porque tanto ruido sobre las Islas Malvinas pero para los británicos la invasión argentina era un asunto serio. "Se acabó", exclamó Alan Clark, un miembro conservador del parlamento. "Somos un país del tercer mundo, no servimos para nada."
Thatcher, presionada a renunciar, había esperado el apoyo decidido de Reagan para retomar las islas por la fuerza. En su lugar halló una estudiada neutralidad. "Somos amigos de ambos países", comentó el presidente despreocupadamente. ¿Valía realmente la pena ir a la guerra por lo que calificó como "un montón de tierra helada allá abajo"?
La retórica de Reagan ocultaba un dilema estratégico. Los Estados Unidos tenían una alianza de larga data con Gran Bretaña, pero en 1982 la junta militar argentina se había convertido en un aliado clave de la guerra fría en América Latina.
Antes de la invasión, cuando los militares argentinos preguntaron al embajador itinerante de Reagan, Vernon Walters, ¿qué pasaría si la Argentina tomara las Malvinas?, les dijo que los británicos protestarían y no harían nada.
Este cálculo fue, por supuesto, incorrecto. Thatcher envió una fuerza de tareas para recuperar las islas y se horrorizó cuando Reagan la presionó para no pelear. Alexander M. Haig, Jr., el secretario de Estado, viajó miles de kilómetros entre Washington, Londres y Buenos Aires, en un fallido intento de forzar un acuerdo. Para darle la bienvenida a 10 Downing Street, Thatcher puso en la pared retratos del duque de Wellington y Lord Nelson, dos de los mayores héroes militares de Gran Bretaña, como una señal de que el país estaba listo para la guerra.
Thatcher le hizo saber a Haig que estaba "consternada" por la actitud de Reagan y la "presión constante para debilitar nuestra posición". Cuando Reagan las  llamó por teléfono el 31 de mayo urgiéndola a "mostrar que todavía estaba dispuesta a buscar una solución”, Thatcher finalmente perdió la paciencia. "Somos una democracia y esa es nuestra isla", tronó "y fracasar ahora sería lo peor." ¿Qué haría Estados Unidos si Alaska fuera invadida?, exigió saber.
Reducido al silencio, Reagan se atoró. "El presidente", informó un funcionario que escuchaba desde el Consejo de Seguridad Nacional "sonó más débil que Jimmy Carter."
Esta actitud contrastó fuertemente con la del presidente socialista de Francia, François Mitterrand. "De muchas maneras", escribió John Nott, el secretario de Defensa británico, "nuestros grandes aliados fueron Mitterand y los franceses".
Gran Bretaña derrotó a Argentina en junio de 1982, pero la victoria no pudo ocultar la fractura entre Reagan y Thatcher. Cuando George P. Shultz sustituyó a Haig como Secretario de Estado un mes después se encontró al presidente "harto de la actitud autoritaria de Thatcher."
Delante de las cámaras, la pareja continuó presentando una imagen de cortesía personal y política. "Es especial", dijo la señora Thatcher de la relación en 1985. "Simplemente es. Y eso es todo."
Pero a puertas cerradas los dos líderes se peleaban por casi todas las decisiones internacionales. Se enfrentaron por  la imposición de sanciones a un gasoducto soviético, por el déficit presupuestario, el control de armas, la Iniciativa de Defensa Estratégica y hasta por la invasión estadounidense a Granada en 1983, que, a la inversa de la crisis de las Malvinas, dejó a Reagan atónito porque Thatcher no lo apoyó.
Todo apuntaba a la sentencia de Lord Palmerston, con la que Gorbachov –al citarla- había sorprendido a la Thatcher. "Las naciones no tienen amigos o aliados eternos, sólo tienen intereses permanentes."
Estos intereses a menudo requerían que Thatcher se guardara su opinión sobre Reagan. Los que podían ver detrás de la fachada sabían otra cosa. Cuando a Sir Nicholas Henderson, el embajador británico en Washington durante la guerra de las Malvinas, se le preguntó en la década de 1990 si había sabido de algo realmente secreto, respondió: "Si yo hubiera dicho lo que la señora Thatcher realmente pensaba del Presidente Reagan, hubiera dañado las relaciones anglo-estadounidenses."
Richard Aldous, profesor de Historia Británica y Literatura en el Bard College, es el autor de "Reagan y Thatcher. La difícil relación".
© 2012 by The New York Times Syndicate

1 comment:

Daniel Mancuso said...

muy bueno... y ahora, justo ahora, premian con el Oscar a una película de Thatcher edulcorada y querible...